Hay cosas de las que hablamos poco hasta que nos pasan, y el dolor durante las relaciones sexuales puede ser una de ellas. Quizá nunca habías pensado que el sexo pudiera doler, o tal vez empezó siendo una molestia puntual que no parecía importante y, con el tiempo, comenzó a ocupar cada vez más espacio en tus encuentros.
Cuando ocurre, es normal preguntarse qué está pasando. También pueden aparecer dudas, preocupación o incluso cierta sensación de desconexión con el propio cuerpo.
El dolor durante las relaciones sexuales merece ser escuchado, no normalizado ni ignorado, y aunque puede tener diferentes causas, también es importante tener en cuenta cómo lo que vivimos puede influir en nuestra forma de relacionarnos con el cuerpo, el deseo y la sexualidad.
El dolor durante o después de las relaciones sexuales puede aparecer de diferentes maneras y por diferentes motivos: puede sentirse en la entrada vaginal, durante la penetración o como un dolor más profundo. También puede ser puntual o repetirse durante un periodo de tiempo.
Entre las causas que pueden contribuir están la sequedad, una excitación insuficiente, la tensión del suelo pélvico o determinadas condiciones ginecológicas. Por eso, cuando el dolor aparece de forma persistente o recurrente, es importante consultar con un profesional sanitario para valorar qué puede estar ocurriendo. Para conocer más sobre la dispareunia, que es el nombre que recibe el dolor genital que aparece durante o después de las relaciones íntimas, puedes consultar la información de Mayo Clinic.
Sequedad y falta de excitaciónLa excitación sexual prepara al cuerpo para el encuentro, de manera que protege contra el dolor y prepara para el placer mediante la lubricación y cambios en la vagina. Aún así, no todos los cuerpos lubrican del mismo modo y, cuando esta no es suficiente, puede que la sequedad en la zona genere molestias.
Si esto se repite, puede que se empiecen a afrontar las relaciones con un temor que, paradójicamente, puede generar más dolor ya que dificulte centrarse en las sensaciones agradables y sentir excitación.
El miedo y el estrés pueden aumentar la tensión muscular de la zona pélvica, lo cual genera que el canal vaginal esté tenso, impidiendo o dificultando la penetración, con las sensaciones molestas que ello conlleva. De este modo, los músculos del suelo pélvico pueden mantenerse contraídos de forma involuntaria.
Esto suele estar acompañado de miedo: miedo del mismo dolo, de la sensación de no poder tener relaciones, de qué pensará la persona con la que se comparte sexualidad, etc. Sin embargo, este miedo también puede estar relacionado con ideas o expectativas más ala del propio dolor, como creencias sobre penetración, miedo al embarazo, etc.
Esto no significa que la persona lo haga conscientemente ni que pueda solucionarlo simplemente “relajándose”. El cuerpo puede estar respondiendo a una sensación de amenaza que ha aprendido a asociar con determinadas situaciones sexuales.
La endometriosis es una de las condiciones que puede producir dolor durante las relaciones sexuales. Pero su impacto no termina necesariamente en el síntoma físico.
Vivir con dolor, no entender durante mucho tiempo qué está ocurriendo o sentir que lo que nos pasa no se toma en serio puede generar frustración, incertidumbre y ansiedad. Cuando finalmente llega un diagnóstico, puede aparecer cierto alivio al poner nombre a lo que ocurre, pero eso no borra automáticamente todo lo vivido hasta entonces.
Además, la endometriosis puede afectar a la vida sexual y hacer que algunas personas interrumpan o eviten las relaciones por miedo al dolor, y esto puede repercutir también en la relación de pareja y en la forma en la que una persona se siente con su propio cuerpo.
Por eso, atender la enfermedad física es fundamental, pero también puede ser necesario atender el impacto emocional de vivir con dolor y de no saber durante un tiempo qué lo está provocando.
Una de las dificultades más frecuentes es que, después de una experiencia dolorosa puede aparecer un pensamiento muy comprensible: “¿Y si vuelve a pasar?”
Ese miedo puede hacer que la persona anticipe el dolor antes de que ocurra nada. El cuerpo se prepara para protegerse, aumenta la tensión y disminuye la capacidad de disfrutar o excitarse. Entonces pueden aparecer más molestias, que vuelven a reforzar el miedo.
Se crea así un círculo difícil de romper:

Por lo tanto, aunque el dolor es real, el componente psicológico relacionado con el miedo, la tensión y la forma en que gestionamos esta experiencia también puede influir en su mantenimiento o su desaparicón.
Si quieres entender mejor cómo la ansiedad puede afectar al cuerpo y a la respuesta sexual, puedes leer también el artículo “Ansiedad sexual: cómo afecta al cuerpo, al deseo y en la cama”.
Cuando una experiencia sexual se relaciona repetidamente con dolor, es comprensible que aparezcan menos ganas de volver a intentarlo. A veces la persona empieza a evitar determinadas prácticas, pone excusas o siente alivio cuando sabe que no habrá sexo. Esto puede generar culpa, miedo a decepcionar, sensación de no funcionar como antes o preocupación por dejar de resultar atractivo o deseable.
La pareja puede interpretar esa evitación de otra manera: puede pensar que ya no existe deseo, que no hay atracción o que está haciendo algo mal. Si estas interpretaciones no se hablan, el dolor físico puede terminar generando distancia emocional.
Por eso, hablar de lo que ocurre forma parte del proceso. La comunicación sexual permite explicar qué duele, qué genera miedo, qué apetece y qué no, sin convertir el encuentro en una prueba que hay que superar. En este sentido, puede ser útil leer el artículo “La importancia de la comunicación sexual: hablar para disfrutar más y sufrir menos”.
Hablar también permite que la pareja deje de interpretar el silencio y pueda empezar a acompañar la situación de una manera más adecuada.

Lo primero es no obligarte a continuar. El dolor no es algo que tengas que aguantar para demostrar deseo, amor o compromiso con tu pareja.
También puede ser útil observar qué ocurre exactamente: cuándo aparece el dolor, dónde se localiza, si sucede siempre o solo en determinadas situaciones, qué pensamientos aparecen antes y cómo responde el cuerpo. Esta información puede ayudar tanto en una valoración médica como en un proceso sexológico.
Si existe una causa física, es importante abordarla con el profesional adecuado. Y si el dolor ha generado miedo, evitación, tensión o dificultades en la relación con la sexualidad, también puede ser necesario trabajar esa parte en terapia.
En algunos casos, recuperar una sexualidad agradable implica dejar de considerar la penetración como el objetivo principal, volver a conectar con el cuerpo, el contacto, la excitación y el placer sin presión puede ayudar a reconstruir poco a poco la sensación de seguridad.
Conviene consultar cuando el dolor es persistente o recurrente, cuando aparece de manera intensa o cuando empieza a condicionar tu vida sexual. También cuando has empezado a evitar las relaciones, sientes miedo antes de que ocurran o notas que la situación está afectando a tu relación de pareja.
La atención puede ser multidisciplinar. Según la causa, puede ser necesario acudir a ginecología, fisioterapia de suelo pélvico u otros profesionales sanitarios. Y cuando existe ansiedad, miedo al dolor, dificultades de excitación, evitación o impacto emocional, la terapia sexual o psicológica puede formar parte del abordaje.
Si además el dolor está afectando a la relación de pareja, a la intimidad o a la forma de comunicaros en la relación, puede ser útil leer el artículo sobre cuándo ir a terapia de pareja.
Que una experiencia sexual haya sido dolorosa no significa que tenga que seguir siéndolo. Tampoco significa que tengas que resignarte a evitar el sexo, soportar molestias o desconectarte de tu cuerpo.
Comprender qué está ocurriendo permite dejar de luchar contra el cuerpo y empezar a escucharlo. A veces será necesario tratar una causa médica; otras veces, trabajar la tensión, el miedo o las experiencias que se han ido acumulando. Y en muchas ocasiones será una combinación de diferentes factores.
Lo importante es recordar que el objetivo no debería ser simplemente conseguir que la penetración “se pueda hacer”, sino recuperar una sexualidad en la que puedas sentir seguridad, escucha y sin presiones.
Si el dolor, el miedo o la ansiedad están condicionando tu vida sexual, no tienes por qué descubrir cómo gestionarlo todo por tu cuenta. En terapia sexológica podemos trabajar para entender qué está ocurriendo, abordar aquello que esté interfiriendo y recuperar poco a poco una relación más tranquila y agradable con tu sexualidad.
Si sientes que ha llegado el momento de darle un espacio a lo que te está pasando, puedes ponerte en contacto y valorar con ayuda profesional qué necesitas.
👉 Puedes dar ese primer paso aquí.

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