Hay momentos en una relación en los que parece que todo se tambalea. Las discusiones se vuelven más frecuentes, cuesta entenderse, la intimidad cambia o aparece la sensación de que la pareja ya no funciona como antes. A veces existe un motivo concreto que marca una crisis de pareja, siendo este un un antes y un después. Otras veces, resulta difícil señalar qué ha ocurrido exactamente porque el malestar lleva mucho tiempo creciendo.
Una crisis de pareja no significa necesariamente que el amor haya desaparecido ni que la relación esté destinada a terminar. Una crisis puede aparecer cuando las herramientas que hasta ese momento habían servido para afrontar las dificultades dejan de ser suficientes para la nueva situación.
La cuestión, por tanto, no es únicamente cómo conseguir que una pareja deje de discutir, sino que también es comprender qué ha llevado hasta ahí, qué necesita cambiar y si ambas personas pueden construir juntas una forma diferente de relacionarse.

No todos los conflictos son una crisis. En cualquier relación pueden existir desacuerdos, discusiones o momentos de mayor distancia sin que eso implique que la pareja esté atravesando una situación especialmente grave.
Hablamos de una crisis de pareja cuando las dificultades empiezan a afectar de manera significativa al funcionamiento de la relación y las estrategias de afrontamiento que tiene habitualmente ya no parecen funcionar. Las discusiones pueden repetirse sin llegar a ninguna solución, una de las personas puede empezar a desconectarse emocionalmente o puede aparecer una sensación persistente de insatisfacción y agotamiento.
Además, una crisis de pareja puede adoptar formas muy diferentes: para algunas parejas se manifiesta principalmente a través de discusiones y reproches, para otras el problema puede ser dejar de hablar, evitar los conflictos y convivir desde una distancia cada vez mayor.
Por eso, no siempre es fácil identificar una crisis cuando está empezando. En ocasiones, la relación sigue funcionando aparentemente bien mientras las dos personas van acumulando malestar por separado.
No existe una única causa. Las grandes crisis suelen surgir de una combinación de circunstancias, necesidades que no se han atendido y cambios que la pareja no ha sabido integrar. A continuación, hay un seguido de causas comunes de las crisis de pareja:

Hay situaciones que pueden poner a prueba incluso a parejas que hasta ese momento funcionaban bien. Una infidelidad, una pérdida importante, problemas económicos, una enfermedad, un cambio laboral, una mudanza o la llegada de un hijo pueden modificar de manera profunda la dinámica de la relación.
Estos acontecimientos no tienen que provocar necesariamente una crisis. Lo que ocurre es que obligan a la pareja a adaptarse a una realidad diferente y, en ocasiones, los recursos que tenían hasta entonces ya no son suficientes.
Por ejemplo, la llegada de un hijo puede modificar el tiempo disponible para la pareja, el reparto de responsabilidades, la intimidad, el descanso y la relación con uno mismo. El problema no está necesariamente en el acontecimiento, sino en cómo consigue la pareja reorganizarse alrededor de él.
Esta es una de las causas que pueden pasar más desapercibidas, y es que no todas las grandes crisis de pareja empiezan con una gran discusión, sino que algunas comienzan con pequeños problemas que se repiten durante meses o años y que nunca terminan de resolverse.
Puede que una persona sienta que lleva demasiado tiempo asumiendo más responsabilidades en casa, mientras la otra no percibe esa desigualdad de la misma manera. Pueden ser diferencias relacionadas con la crianza, la organización familiar, el dinero, el tiempo libre o la forma de tomar decisiones, y yambién pueden acumularse necesidades afectivas que no se expresan, encuentros sexuales que van desapareciendo, discusiones que terminan siempre de la misma manera o pequeñas decepciones que nunca llegan a repararse. Cuando una pareja siente que siempre discute por lo mismo, puede ser señal de que existe un patrón de conflicto que se ha ido construyendo con el tiempo. Si quieres más información sobre este tema, en el artículo ¿Por qué siempre discutimos por lo mismo? El ciclo de los conflictos repetitivos en la pareja puedes profundizar en cómo estos ciclos se mantienen y qué puede haber detrás de las discusiones aparentemente cotidianas.
Cada una de estas situaciones puede parecer poco importante por separado. El problema aparece cuando la acumulación de un tema se alarga en el tiempo sin resolverse, o cuando se van sumando sin que exista un espacio para hablar de ellas y buscar soluciones.
Con el tiempo, la pareja puede dejar de discutir sobre aquello que originó el malestar y empezar a discutir por cualquier cosa. El conflicto visible puede ser pequeño, pero detrás existe una historia mucho más larga.

Muchas parejas no tienen dificultades porque no sepan hablar, sino porque han aprendido a hablar de una determinada manera cuando están enfadadas.
Los reproches, las críticas, la defensividad, la ironía o el silencio pueden convertirse en patrones muy difíciles de romper. Cada persona reacciona a la conducta de la otra y, sin darse cuenta, ambas terminan participando en una dinámica que alimenta el conflicto.
Así, una discusión puede empezar por algo aparentemente concreto y terminar hablando de todo lo que ha ido ocurriendo durante los últimos años, y cuando esto sucede con frecuencia es posible que el problema ya no sea solamente aquello sobre lo que están discutiendo, sino el patrón de interacción que se ha establecido entre ambos.
También pueden aparecer grandes crisis de pareja cuando las necesidades de las dos personas son muy diferentes y no encuentran una forma satisfactoria de convivir.
Una persona puede necesitar más afecto, más tiempo compartido o más demostraciones de cariño, mientras la otra necesita más autonomía. En el ámbito sexual, pueden existir diferencias importantes en el deseo, en la frecuencia de las relaciones o en la manera de entender la intimidad.
Tener necesidades diferentes no significa necesariamente ser incompatibles. El problema aparece cuando estas diferencias se convierten en una fuente constante de rechazo, presión, frustración o sensación de no ser suficiente para el otro.

Una pareja puede seguir funcionando en términos prácticos y, al mismo tiempo, sentirse cada vez más desconectada.
El trabajo, las obligaciones, los hijos, las responsabilidades familiares y la falta de tiempo pueden hacer que la relación se convierta poco a poco en una especie de equipo de gestión de la vida cotidiana: se habla de quién recoge a los niños, qué hay que comprar o quién se encarga de una determinada tarea, pero cada vez hay menos espacio para hablar de cómo está cada uno, compartir algo que les interese o simplemente disfrutar juntos.
Cuando esta desconexión se mantiene durante mucho tiempo, la distancia emocional puede convertirse en uno de los principales motivos de malestar.
Si quieres saber más sobre qué puede originar crisis de pareja, el Instituto Psicológico Cláritas explica algunas de las situaciones que pueden llevar a una pareja a plantearse una crisis y sus posibles caminos de resolución.

Cuando una relación atraviesa una crisis, es habitual preguntarse si todavía existe amor. Sin embargo, el hecho de querer a una persona no garantiza que sepamos relacionarnos bien con ella en todas las circunstancias.
Podemos querer mucho a nuestra pareja y, al mismo tiempo, sentirnos agotados, resentidos, desconectados o incapaces de resolver determinados conflictos. El amor es importante, pero una relación también necesita habilidades, acuerdos, capacidad de adaptación y espacios para reparar aquello que se va dañando.
Por eso, una crisis no debería interpretarse automáticamente como una prueba de que la relación ha fracasado, puede ser una señal de que algo necesita cambiar.
No existe una fórmula que garantice que una relación superará cualquier crisis. Sin embargo, hay algunas habilidades que pueden ayudar a las parejas a afrontar los momentos difíciles de una manera más saludable:
No es lo mismo decir “nunca haces nada en casa” que explicar “siento que estoy asumiendo demasiadas responsabilidades y necesito que encontremos una forma diferente de repartirlas”.
En el primer caso, la conversación empieza desde el ataque. En el segundo, se comunica una experiencia y una necesidad concreta.
Esto no significa que haya que evitar cualquier emoción negativa. El enfado, la frustración o la tristeza también necesitan poder expresarse. La cuestión es encontrar una forma de hacerlo que permita que la otra persona pueda escuchar en lugar de ponerse inmediatamente a la defensiva.
Por lo tanto, la diferencia está en cómo comunicamos esas emociones. Cuando una discusión se convierte en una sucesión de reproches, críticas o ataques personales, el problema inicial puede terminar quedando en segundo plano y la propia relación se convierte en el campo de batalla. Por eso, aprender a expresar el malestar sin atacar y a escuchar sin responder desde la defensividad es una de las habilidades básicas para afrontar una crisis de pareja. En Cómo discutir sin destruir la relación puedes profundizar en algunas claves para afrontar los conflictos sin que cada discusión termine dañando todavía más el vínculo.

Durante una discusión es fácil estar pensando en lo que queremos contestar mientras la otra persona todavía está hablando, pero escuchar de verdad implica intentar comprender qué está viviendo el otro, aunque no estemos de acuerdo con su interpretación.
Esto tampoco significa dar toda la razón automáticamente. Por ejemplo, podemos entender que nuestra pareja se sienta sola, poco valorada o sobrecargada sin considerar que toda la responsabilidad de esa situación sea nuestra, asumiendo la parte que sí es responsabilidad propia.
Comprender primero facilita mucho más la posibilidad de buscar soluciones después.
En una crisis de pareja es frecuente que cada persona pueda explicar perfectamente qué está haciendo mal la otra, pero una relación no cambia cuando conseguimos demostrar quién tiene más culpa. Cambia cuando cada persona puede identificar qué está haciendo, qué mantiene el problema y qué podría empezar a hacer de otra manera.
Asumir responsabilidad no significa asumir toda la culpa. Significa poder reconocer nuestra influencia en la dinámica de la relación.
No todas las necesidades pueden satisfacerse exactamente como cada persona querría. Vivir en pareja implica tomar decisiones compartidas y encontrar acuerdos.
Esto resulta especialmente importante en cuestiones como el reparto de responsabilidades, el tiempo individual, la crianza, el dinero, la convivencia o la sexualidad.
Negociar no significa que una persona gane y la otra pierda. Significa buscar una solución que tenga en cuenta las necesidades de ambas, aunque ninguna consiga exactamente lo que habría elegido por separado.
Las parejas saludables no son aquellas que nunca discuten. Son aquellas que pueden reparar después de una discusión.
Una disculpa sincera, reconocer que hemos hablado de una manera que ha hecho daño, acercarnos después de una conversación difícil o retomar un tema cuando estamos más tranquilos puede marcar una diferencia enorme.
La reparación permite que un conflicto no se convierta automáticamente en una nueva capa de resentimiento.

Hasta ahora hemos hablado de situaciones en las que existe un problema que la pareja puede intentar modificar. Pero hay otra posibilidad que también es importante abordar: que las diferencias entre ambas personas sean demasiado grandes.
A veces se habla de incompatibilidad como si fuera una especie de fracaso. Como si, si dos personas se quisieran lo suficiente, pudieran superar cualquier diferencia.
Pero hay cuestiones que pueden negociarse y otras que forman parte de proyectos vitales o valores fundamentales. Querer tener hijos o no tenerlos, determinadas formas de entender la fidelidad, dónde vivir, cómo organizar la vida familiar o qué tipo de relación se desea construir son ejemplos de decisiones en las que puede no existir un punto intermedio satisfactorio.
También pueden existir diferencias importantes en las necesidades afectivas o sexuales. Algunas pueden gestionarse mediante acuerdos y cambios en la dinámica de la relación. Otras pueden generar un sufrimiento constante si ninguna de las dos personas puede vivir de una manera que considere aceptable.

Esta idea puede resultar especialmente difícil de aceptar. Cuando una relación no funciona, podemos buscar quién ha cometido el error o quién debería cambiar para que las cosas funcionen. Sin embargo, hay situaciones en las que no existe una persona culpable. Existen dos personas que quieren cosas diferentes y que, aunque puedan quererse, quizá no tengan el mismo proyecto de vida.
Dos personas pueden haber construido una historia importante juntas y, aun así, descubrir que existen diferencias que no pueden resolverse simplemente hablando más o haciendo un esfuerzo. Querer tener hijos o no tenerlos, dónde vivir, cómo organizar la vida familiar o qué tipo de relación se desea construir son algunas cuestiones en las que puede no existir un punto intermedio satisfactorio para ambos. En estos casos, reconocer que una diferencia es importante no significa que la relación haya fracasado, sino que puede ser necesario valorar con honestidad qué puede cambiar, qué puede aceptarse y qué necesidades son irrenunciables para cada persona.
De hecho, cuando una crisis de pareja está relacionada con diferencias profundas en las necesidades, los valores o el proyecto de vida, puede ser útil valorar no solo cómo solucionar los conflictos, sino también si la relación puede seguir siendo satisfactoria para ambas personas.

Hay incompatibilidades que pueden transformarse en acuerdos. Por ejemplo, una pareja puede necesitar encontrar un equilibrio entre tiempo juntos y tiempo individual, o establecer nuevas formas de repartir las responsabilidades familiares.
Otras diferencias requieren aceptación: quizá nunca tengamos exactamente el mismo nivel de deseo, la misma necesidad de contacto o la misma forma de afrontar determinadas situaciones. En estos casos, el objetivo no es conseguir que ambos sean iguales, sino encontrar una manera de convivir con la diferencia sin que ninguno se sienta permanentemente perjudicado.
Y también existen diferencias que pueden no tener una solución satisfactoria para ambos. En estos casos, continuar intentando encontrar un punto intermedio puede acabar convirtiéndose en una forma de prolongar el sufrimiento. Reconocer que una relación no puede ofrecer a ambas personas aquello que consideran esencial también puede ser una decisión válida.
No es necesario esperar a que una relación esté al borde de la ruptura para pedir ayuda. De hecho, cuando una pareja lleva tiempo intentando resolver los mismos problemas sin conseguir cambios, puede ser útil contar con un espacio en el que ambas personas puedan detenerse, entender qué está ocurriendo y revisar la dinámica que se ha ido construyendo entre ellas.
La terapia de pareja puede ser especialmente útil cuando las mismas discusiones se repiten una y otra vez, cuando existe una distancia emocional que cada vez resulta más difícil reducir, cuando una crisis concreta ha desbordado a la pareja o cuando una diferencia importante está generando un conflicto que no consiguen gestionar por sí mismos. También puede ser un recurso cuando existe una ruptura de confianza, dificultades en la intimidad o cuando ambas personas tienen dudas sobre si quieren continuar juntas.
En estos casos, el objetivo de la terapia no tiene por qué ser mantener la relación a cualquier precio. Puede consistir en comprender qué está ocurriendo, explorar si existe margen para el cambio y ayudar a las dos personas a tomar decisiones desde un lugar menos dominado por el enfado, el miedo o la culpa. Si no tienes claro si las dificultades que estáis atravesando son ya una señal para pedir ayuda, puedes consultar ¿Cuándo es el momento de ir a terapia de pareja? 5 señales de alarma, donde se explican algunas situaciones en las que puede ser recomendable acudir a terapia.
Cuando una pareja atraviesa una crisis, es fácil pensar que solo existen dos opciones: conseguir que todo vuelva a ser como antes o terminar la relación.
Pero quizá ninguna de las dos sea exactamente la respuesta. Una crisis puede implicar construir una relación diferente de la que existía antes. Puede requerir aprender a comunicarse de otra manera, reorganizar responsabilidades, recuperar espacios de intimidad, aceptar determinadas diferencias o revisar expectativas que ya no encajan con la vida actual.
Y, en algunas ocasiones, también puede llevar a reconocer que los caminos de ambas personas se han separado demasiado.
Lo importante es que la decisión no venga únicamente determinada por el miedo a perder la relación o por el cansancio de seguir luchando.
Una crisis de pareja puede ser dolorosa, pero también puede convertirse en un momento de revisión profunda. Puede ayudarnos a preguntarnos qué necesitamos, qué estamos dispuestos a cambiar, qué podemos aceptar y qué cosas son demasiado importantes como para renunciar a ellas.
Porque afrontar una crisis no significa necesariamente salvar la relación. Significa comprenderla mejor y decidir, entre las dos personas, qué relación es posible construir a partir de aquí.
👉 Si crees que terapia de pareja puede ser una opción para ti, puedes dar el primer paso aquí.

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