La mayoría de las personas que acuden a consulta por ansiedad sexual describen algo parecido a: “Mi cabeza no para. Estoy más pendiente de hacerlo bien que de sentir”.
Y aunque parezca contradictorio, cuanto más intentamos rendir en la cama, más se bloquean la satisfacción y el cuerpo. La mente entra en modo evaluación, el cuerpo en modo alerta, y el placer… se escapa por la ventana.
Liberar la mente durante el sexo no es necesariamente ponerla copletamente en blanco, sino aprender a bajar la autoexigencia, soltar el control y reconectar con lo que realmente se siente aquí y ahora.
En este artículo te cuento por qué aparece el “modo rendimiento”, cómo rompe el disfrute, y qué puedes hacer para salir de él.
La ansiedad de rendimiento se relaciona con un estado en el que la atención se centra en cómo “deberías estar funcionando”, en este caso en la cama, en vez de en lo que estás sintiendo. Por lo tanto, conecta con ciertas expectativas y el deber -y la presión- de cumplirlas, muchas veces sin haber hecho un planteamiento real de si ese es el sexo que se quiere tener por uno mismo. La ansiedad de rendimiento conecta con esa voz interna que dice:
Por lo tanto, este modo se activa especialmente cuando hay ansiedad sexual, un tema que desarrollo en profundidad en este artículo en el que explico cómo afecta a hombres y mujeres. Además, también está muy relacionado con la autoestima sexual, la imagen corporal y la autoexigencia (para ampliar información, puedes leer este artículo sobre autoestima y sexualidad).
Entre las que más aparecen en terapia:
Desde la pornografía hasta los mitos sexuales (“si no hay orgasmo es un fracaso”, “el sexo debe ser espontáneo y perfecto”…). En tu artículo sobre mitos sexuales en parejas estables puedes enlazar esta idea.
Ligado al punto anterior, este tiene un gran impacto en la sexualidad y si se vive con ansiedad porque la educación sexual y cómo se nos ha habaldo del sexo hace que tengamos ciertas ideas de lo que es, lo que se espera de cada participante y lo que tiene o no cabida en él. Muchas personas nunca han recibido información realista sobre cómo funciona el deseo, la excitación o la respuesta sexual y se forman una idea de qué es lo que se espera de ellas que no es necesariamente realista o sana.
Si saber más sobre el tema, en el artículo «Educación sexual: lo que no nos enseñaron y necesitamos saber» encontrarás información que te puede interesar.
Presión externa o interna
A veces la presión viene de la pareja por demandas (“si estuviéramos bien, tendríamos más sexo”), amenazas relacionadas con terminar la relación o consecuencias como enfados que actúan como castigos. Otras veces, la presión se mezcla con esas expectativas sociales o el aprendizaje realizado y no viene de la pareja, sino de uno mismo y lo que se ha aprendido que se “tiene que ser” (por ejemplo: “tengo que cumplir”, “debería poder hacer “X”, “si no es así, no le gustará”)
Puntualmente, puede suceder que el cuerpo o el deseo no respondan como siempre y que eso no sea un motivo de alarma ni un síntoma de nada parecido a un trastorno. Aún así, el tomarlo como algo que sí es alarmante puede empezar a conectar a la persona con esa ansiedad de rendimiento.
Por otro lado, cómo los demás se hayan relacionado contigo o lo que te ocurre, también puede afectar en este sentido. Por lo tanto, estas situaciones pueden hacer que la atención se vaya al miedo a que vuelva a pasar.
Para disfrutar, necesitamos calma y que el cuerpo no estén en tensión (ya sea por estrés o ansiedad), y eso ocurre cuando el sistema nervioso parasimpático está activado. Sin embargo, el modo rendimiento activa el sistema nervioso simpático, el encargado de prepararte para defenderte, no para disfrutar. Por ello, los efectos más comunes son:
Y aquí viene lo importante: aparece más presión cuando más nos exigimos, por lo que si una vez no “sale bien” o nos hacen sentir mal, es probable que la siguiente vez haya un recuerdo de esta experiencia que provoque más exigencia en uno mismo: se empieza a crear un bucle.
Estas son algunas herramientas, que se usan en terapia sexual pensadas para romper el ciclo de autoexigencia y la ansiedad que se le asocia:
La excitación no surge intentando controlar, sino desde la curiosidad. Por lo tanto, algo que puede ayudar es tener claro que no se trata de hacer ni ser nada en concreto, sino de explorar y sentir. Aunque parezca pequeña, esta reorientación es liberadora. Así que recuerda esta frase:
“No tengo que hacer nada. Solo voy a explorar y sentir lo que haya”.
Ir despacio y conectar con el momento ayuda al cuerpo a entrar en sistema parasimpático (modo descanso que permite el disfrute).
Si esto es algo nuevo para ti y crees que te puede costar, ten presente que tomarte tu tiempo puede ser erótico y permite vivir en el presente, disfrutando de cada momento: respirar más lento, tocar más lento, moverse más lento.
La lentitud es erotismo, no falta de pasión.
No se trata de meditar mientras tienes sexo, sino aprender a volver al cuerpo cada vez que la mente se va. Te dejo algunas ideas:
La comunicación disminuye la presión de forma inmediata. Podemos tener conversaciones largas, pero lo importante es la calidad de esa conversación. Por otro lado, si hay ciertas dificultades en la comunicación o no te sientes aún cómodo abriéndote con la otra persona (porque aún no la conoces del todo, por ejemplo), no hace falta dar un discurso: las frases simples también son útiles.
Salir del modo rendimiento implica abandonar la idea de que lo principal es la penetración o el orgasmo, y empezar a entender que sexo es todo aquello que genere disfrute erótico.
El sexo pueden ser:
Cuanta más flexibilidad, menos ansiedad. Y cuanto menos ansiedad, más deseo.
Tener información adecuada es una de las intervenciones más importantes de la terapia sexual. Según especialistas entrevistados en Top Doctors, la educación sexual realista reduce significativamente la ansiedad sexual y mejora la respuesta del cuerpo, puedes leer su artículo aquí.
Cuando la ansiedad sexual lleva tiempo, es usual que se generen conflictos en la pareja o que se afecte la autoestima y haya dudas sobre cómo relacionarse con otras personas. Sin embargo, no es necesario esperar para buscar ayuda, ya que cuanto antes se reciba, mejor es el pronóstico. Desde terapia se trabaja:
Si sientes que la ansiedad sexual te está robando el disfrute, pedir ayuda no es un fracaso: es un acto de fortaleza.
Porque el cerebro está en modo vigilancia. No es falta de ganas: es respuesta de ansiedad.
Aunque puede suceder, no es lo común. Si se mantiene o aparece repetidamente, suele necesitar acompañamiento para gestionarla y para que no vaya más .
Todo va a depender del vínculo y las dinámicas que tengáis. Sin embargo, hablar genera empatía y permite buscar una solución conjunta.
No. De hecho, “forzar” experiencias aumenta la ansiedad. Lo que ayuda es cambiar la forma, no la cantidad.
Por lo tanto, la clave está en el cómo: si bien forzarte a tener relaciones puede ser contraproducente, también lo es evitarlas. Por ello, lo ideal es afrontarlas de una manera en la que la ansiedad sea gestionable.
Sí, aunque la ansiedad de rendimiento puede tener orígenes y manifestarse de formas distintas hay elementos en común: presión, miedo al fracaso y desconexión del cuerpo.
Si sientes que últimamente estás más en tu cabeza que en tu cuerpo, y te gustaría liberar la mente durante el sexo y reconectar con el placer, la terapia sexual puede ser un espacio seguro y transformador. Puedes reservar tu primera sesión online y empezar a construir una relación más tranquila, libre y auténtica con tu sexualidad.

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