Tomar la decisión de ir a terapia de pareja no siempre es un paso compartido. En muchas relaciones ocurre algo muy concreto —y más común de lo que parece—: una persona siente que necesita ayuda profesional y la otra no lo ve claro, lo v posponiendo o se niega directamente.
Esta diferencia puede generar frustración, soledad emocional e incluso aumentar los conflictos. Frases como “si me quisiera, aceptaría ir”, “¿por qué no ve que tenemos un problema?”, “¿y si soy yo el problema?”, etc. empiezan a aparecer y las dudas y la ansiedad empiezan a crecer al no ver una manera de afrontar lo que ocurre.
Pero que uno quiera ir a terapia y el otro no no significa necesariamente que la relación esté perdida. Entender qué hay detrás de esta resistencia y cómo abordarla puede marcar una gran diferencia.
Antes de pensar en “convencer”, es importante comprender. Las razones para rechazar la terapia suelen tener poco que ver con falta de amor y mucho con miedo, creencias o desconocimiento.

Muchas personas asocian la terapia de pareja con “ir a que nos digan quién falla”. La idea de exponerse, hablar de emociones o sentirse cuestionado puede generar un rechazo automático.
👉 Este miedo está muy relacionado con los mitos sobre la terapia sexual y de pareja, que siguen alejando a muchas personas de pedir ayuda.
La otra cara de la moneda es que, a veces, parejas pueden acudir con la idea de que se corrobore que el otro se equivoca, pero la terapia de pareja no va de eso sino de entendernos, empatizar y llegar acuerdos que nos permitan volver a conectar en vez de divergir.
Quien no quiere ir a terapia puede percibir la situación como algo pasajero o “normal en todas las parejas”. A veces hay una gran diferencia entre cómo cada miembro vive el malestar.
Aquí es importante entender que hay problemas que percibimos como menores, pero que al otro le están afectando profundamente. Es importante dar espacio a esa preocupación porque, a veces, lo que empieza siendo pequeño, puede afectar profundamente a las relaciones.

Hablar de sentimientos, sexualidad o conflictos delante de un profesional puede resultar muy intimidante, especialmente para personas que no están acostumbradas a profundizar en temas emocionales o relacionales. Es algo natural, ya que en terapia hablas de cosas muy íntimas, pero muchas veces la experiencia es más agradable de lo que se puede llegar a imaginar en un inicio.
Ir a terapia implica asumir que algo necesita transformarse. Y el cambio, incluso cuando es positivo, puede generar ansiedad debido a la incertidumbre de cómo serán las cosas o qué ocurrirá.
Hay veces, que el miedo al cambio viene de perder ciertas rutinas o aspectos que resultan cómodos para uno en la relación, pero no para el otro. Cuando este es el caso, es muy importante trabajarlo porque la sensación de desbordamiento puede acabar con las relaciones de manera sigilosa.
Cuando una persona siente que está tirando del carro emocional sola, suelen aparecer:
En este contexto, es frecuente que también aparezca distanciamiento emocional de la pareja, bloqueos en la intimidad, ansiedad sexual o pérdida de deseo, ya que la conexión emocional se resiente.
En lugar de “tú necesitas terapia”, prueba con exponer por qué es importante para ti acudir, cómo te sientes y en qué te afecta lo que está ocurriendo.
Hablar desde el yo reduce la sensación de juicio.

Muchas resistencias desaparecen cuando se aclara que la terapia no es para buscar culpables, sino para:
👉 Si quieres leer más sobre esto, puedes acceder al artículo” Beneficios de la terapia de pareja: crecer juntos en lugar de alejarse” aquí.
Esto es clave: no necesitas que el otro quiera ir para empezar a cuidarte. Es cierto que para tratar aspectos de la relación pareja la terapia individual está limitada, pero suele haber margen a cierto grado de trabajo (aún así, no está solo en tus manos cambiar dinámicas que son de dos personas, ¡No te exijas eso!).
Además, terapia individual puede ayudarte a:
En muchos casos, cuando una persona empieza a cambiar su forma de relacionarse, la dinámica de pareja también se mueve.
Sí. Y es más habitual de lo que imaginas: la motivación no siempre es simétrica al inicio del proceso para ninguna de las partes de la pareja. Por lo tanto, lo importante no es llegar igual de convencidos, sino que exista mínima disposición a escuchar y a trabajar. Hay veces que después de una o varias sesiones, la parte menos convencida puede animarse a acudir y estar contenta con el proceso (por ver que se avanza, que la comunicación es distinta a la que se había probado anteriormente, que no es tan incómodo como imaginaba, etc.)

Entonces la pregunta importante pasa a ser: ¿qué necesitas tú para estar bien dentro de esta relación? La terapia individual puede ayudarte a tomar decisiones más claras y menos impulsivas.
No. Significa responsabilizarte de tu parte del bienestar emocional y relacionado con la pareja.
No. Muchas parejas acuden para prevenir, cuando los problemas que experimentan no son críticos, para mejorar la comunicación o atravesar etapas de cambio.
Sí. La conexión emocional y la sexualidad están profundamente relacionadas y muchas dificultades sexuales tienen raíz en dinámicas de pareja no resueltas.
Que uno quiera ir a terapia y el otro no no significa que uno ame más que el otro, ni que la relación esté condenada. Significa que cada persona está en un punto distinto de conciencia, miedo o necesidad.
La clave no está en forzar, sino en hablar desde la honestidad, cuidar el vínculo y no abandonarte a ti en el proceso.
A veces, el cambio empieza cuando alguien se atreve a pedir ayuda. Y eso, lejos de ser una debilidad, es un acto de valentía y crecimiento personal.
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