Hay una idea muy extendida sobre el deseo sexual que hace que muchas personas vivan su sexualidad con preocupación innecesaria: pensar que, si las ganas de tener relaciones no aparecen de forma espontánea, significa que algo no va bien.
En consulta, es habitual escuchar frases como «yo nunca soy quien propone tener sexo», «si mi pareja no inicia el encuentro, probablemente no se me ocurriría» o «antes tenía más ganas y ahora siento que algo ha cambiado».
A menudo, detrás de estas dudas aparece el miedo a haber perdido el deseo, a que la relación ya no funcione igual o incluso a que el amor se haya apagado. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja.
El deseo sexual no funciona igual en todas las personas ni tampoco permanece estable a lo largo de la vida: cambia con las experiencias, el estrés, el momento vital, la relación de pareja e incluso con la forma en que vivimos la intimidad.
Por eso, antes de pensar que existe un problema porque no tienes ganas de sexo con frecuencia, merece la pena comprender cómo funciona realmente el deseo.

Una de las mayores preocupaciones que aparecen cuando disminuyen las ganas de tener relaciones sexuales es pensar que eso significa que el amor también ha cambiado.
Sin embargo, sentir menos deseo no implica necesariamente querer menos a la otra persona.
Es posible sentirse profundamente conectado con la pareja, disfrutar de su compañía, admirarla e incluso encontrarla atractiva, pero que las ganas de iniciar un encuentro sexual no aparezcan con la misma frecuencia que antes.
En muchas ocasiones, el deseo disminuye por motivos completamente ajenos a la relación: el estrés, la carga mental, el cansancio acumulado o determinados cambios personales pueden hacer que el sexo pase a un segundo plano durante una temporada.
También puede ocurrir que una persona interprete esa falta de iniciativa como un problema, cuando en realidad está experimentando el deseo de una manera diferente.
Eso no significa que siempre haya que normalizar cualquier cambio en la sexualidad: si la situación genera malestar, frustración o distancia dentro de la pareja, conviene entender qué factores pueden estar influyendo.
De hecho, cuando las diferencias de deseo empiezan a convertirse en un motivo de preocupación, suele ser útil comprender qué causas pueden estar detrás. En el blog ya se habla con más detalle sobre ello en el artículo sobre Falta de deseo sexual en la pareja: causas y cómo recuperarlo.
Muchas personas imaginan el deseo sexual como una chispa que aparece de repente:
Tienen ganas → Buscan a su pareja → Empieza el encuentro.
Sin embargo, esa no es la única forma en la que funciona el deseo: en sexología se suele diferenciar entre el deseo espontáneo, que aparece antes del encuentro sexual sin necesidad de un estímulo previo, y el deseo responsivo, que surge como respuesta a una situación de intimidad, cercanía o estimulación.
Aunque estos nombres puedan sonar técnicos, la experiencia es mucho más sencilla de reconocer: imagina que termina un día especialmente intenso de trabajo. Llegas a casa cansado, cenas, preparas las cosas para el día siguiente y piensas que lo único que te apetece es dormir.
Sin embargo, mientras compartes un rato tranquilo con tu pareja, empezáis a abrazaros, os besáis, os sentís conectados y, poco a poco, notas que el deseo aparece. El deseo no estaba presente al principio, sinó que ha surgido durante el encuentro.
Esta también es una forma completamente normal de experimentar la sexualidad. Y muchas personas descubren este concepto con alivio porque llevaban tiempo creyendo que tenían un problema simplemente por no sentir deseo de manera espontánea.

Esta es otra de las preguntas que aparecen con mucha frecuencia.
Hay personas que disfrutan de las relaciones sexuales, que experimentan placer y conexión durante el encuentro, pero que rara vez sienten la necesidad de iniciarlo. Y cuando comparan su forma de vivir el deseo con la de su pareja (o con la imagen que transmiten las películas, las redes sociales o determinadas creencias sobre la sexualidad), pueden llegar a pensar que les ocurre algo.
Sin embargo, iniciar el sexo y experimentar deseo no son exactamente lo mismo.
En muchas ocasiones, quien tiene un deseo más responsivo necesita primero sentirse relajado, conectado emocionalmente o inmerso en una situación íntima para que aparezcan las ganas.
Eso explica por qué algunas personas casi nunca toman la iniciativa y, aun así, disfrutan plenamente cuando el encuentro comienza.
También puede suceder que la presión por «debería tener más ganas» termine generando el efecto contrario. Cuando la sexualidad se vive desde la obligación o la autoexigencia, el cuerpo suele responder con más tensión y menos deseo.
Precisamente esta presión es una de las formas en las que la ansiedad puede influir sobre la respuesta sexual. Si quieres profundizar en ello, en este artículo se explica cómo la ansiedad sexual afecta al cuerpo, al deseo y a la forma de vivir las relaciones íntimas.
Comprender que el deseo no siempre aparece de forma espontánea puede aliviar mucha culpa y ayudar a vivir la sexualidad con menos presión. De hecho, cada vez más profesionales explican que el deseo responsivo es una forma completamente normal de experimentar el deseo sexual y que, especialmente en las relaciones estables, es habitual que aparezca como respuesta a la intimidad, las caricias o la conexión con la pareja, y no necesariamente antes del encuentro. Puedes ampliar esta idea en este artículo de Psychology Today sobre el deseo responsivo y la sexualidad erótica.
Aunque comprender la diferencia entre deseo espontáneo y deseo responsivo puede resultar muy liberador, tampoco conviene utilizar esta explicación para justificar cualquier dificultad sexual.
Hay momentos en los que el deseo disminuye porque el cuerpo está agotado, porque existe un conflicto de pareja que todavía no se ha resuelto o porque determinadas preocupaciones ocupan tanto espacio mental que apenas queda lugar para la intimidad.
En otras ocasiones, la propia presión por recuperar las ganas hace que el deseo se aleje todavía más.
Cuanto más pendiente está una persona de comprobar si tiene ganas o no, más difícil resulta conectar con las sensaciones agradables que favorecen la respuesta sexual.
Por eso, antes de intentar «hacer que vuelva el deseo», suele ser más útil preguntarse qué necesita el cuerpo para sentirse tranquilo, seguro y disponible para disfrutar.
Cómo favorecer el deseo sin obligarte a sentirloCuando alguien siente que ya no tiene tantas ganas de sexo como antes, es habitual que empiece a buscar soluciones rápidas: algunas personas intentan programar las relaciones sexuales, otras se esfuerzan por «poner de su parte» aunque no les apetezca y otras esperan a que las ganas aparezcan por sí solas.
Sin embargo, el deseo rara vez responde bien a la presión. Cuanto más nos exigimos sentir deseo, más fácil es que aparezcan pensamientos como «¿y si hoy tampoco me apetece?» o «debería tener más ganas». Esa vigilancia constante hace que la atención deje de estar en el placer y pase a centrarse en comprobar si el deseo aparece o no.
En cambio, cuando entendemos que el deseo puede surgir durante el encuentro, la experiencia cambia por completo.
Esto no significa mantener relaciones sexuales sin querer o ignorar los propios límites. Significa comprender que, en muchas personas, el deseo necesita un contexto favorable para desarrollarse.
Dedicar tiempo a la intimidad sin que el objetivo sea necesariamente tener relaciones sexuales, recuperar las muestras de cariño cotidianas, reducir la presión por «cumplir» o crear momentos de conexión emocional suele favorecer mucho más el deseo que intentar provocarlo a la fuerza.

Muchas personas sienten culpa porque casi nunca son ellas quienes inician el sexo, a veces incluso llegan a pensar que están haciendo sentir rechazada a su pareja o que deberían esforzarse más por tomar la iniciativa.
Sin embargo, no siempre ocurre porque exista falta de interés: como hemos visto, quienes experimentan un deseo más responsivo suelen necesitar que la intimidad ya haya comenzado para conectar con las ganas. Eso hace que iniciar el encuentro resulte más difícil, aunque después disfruten plenamente de él.
También es posible que existan otros factores, como el miedo a ser rechazado, la inseguridad o la sensación de no saber cómo empezar.
En el blog ya hablamos con más profundidad sobre estas situaciones y sobre por qué, en ocasiones, cuesta tanto dar ese primer paso en el artículo ¿Por qué me cuesta iniciar el sexo?.
Comprender el motivo permite dejar de interpretar esa falta de iniciativa como una señal de desinterés y empezar a buscar formas de vivir la sexualidad que respeten el ritmo de cada persona.

No tener ganas de sexo durante una temporada no significa automáticamente que exista un problema: el deseo cambia a lo largo de la vida y es normal que atraviese momentos de mayor o menor intensidad.
Sin embargo, sí conviene prestar atención cuando esa situación genera sufrimiento, conflictos en la pareja o una sensación constante de culpa, preocupación o frustración.
También puede ser recomendable buscar ayuda cuando la presión por recuperar el deseo está haciendo que la sexualidad deje de ser un espacio de disfrute y se convierta en una fuente de ansiedad.
En estos casos, el objetivo no suele ser aumentar el deseo «a cualquier precio», sino comprender qué está ocurriendo y construir una forma de vivir la sexualidad que resulte satisfactoria para esa persona o para la pareja.
Durante mucho tiempo se nos ha transmitido la idea de que el deseo sexual aparece de forma espontánea y que, si eso no ocurre, algo no funciona como debería.
Sin embargo, hoy sabemos que existen diferentes formas de experimentar el deseo y que muchas personas descubren que aquello que interpretaban como un problema es, simplemente, una manera distinta de vivir la sexualidad.
Comprender esta diferencia puede aliviar mucha culpa, reducir la presión y favorecer una relación mucho más amable con el propio cuerpo.
Eso no significa ignorar las dificultades cuando aparecen, sino aprender a distinguir entre los cambios normales del deseo y aquellas situaciones que realmente necesitan atención.
La sexualidad no debería vivirse como un examen que hay que aprobar, sino como un espacio donde poder conectar con el placer, la intimidad y el bienestar desde el respeto hacia uno mismo y hacia la pareja.
Si sientes que la falta de ganas de sexo está afectando a tu bienestar o a vuestra relación, podemos empezar a traajar para comprender qué está ocurriendo y acompañarte para recuperar una vivencia de la sexualidad más tranquila, satisfactoria y libre de culpa.
👉 Puedes dar ese primer paso aquí.

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